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En una cama del Hospital San Juan un hombre suspiraba nervioso y maldecía su mala suerte. La máscara de oxígeno se empañaba con cada espiración de aire y los pitidos de su laringe reseca hacían estremecer a los médicos más jóvenes.

Justo antes del esperado trasplante de pulmón, le habían encontrado un virus que podía complicarlo todo. Necesitaba dos semanas de tratamiento, y eso significaba que el órgano que iba a prolongar su vida, se iba a parar a otro paciente de la lista de espera. Esta vez, ni con todo su dinero podía cambiar el rumbo de los acontecimientos o sí.

Don Pedro Atila, era como lo llamaban en su círculo de negocios. Despiadado y feroz con la competencia, bebedor de buenos licores y fumador obsesivo. El tabaco era la razón por la que ahora estaba postrado y furioso. Nunca escuchó a los que le querían, ni a sus médicos tampoco.

En medio del desasosiego que le produjo la desafortunada noticia del Doctor, alguien entró en la habitación.

—Buenos días Don Pedro—dijo una mujer con voz tímida y temblorosa a la vez.

—¡Hola! —contestó el enfermo con muy mal humor.

María era una mujer de mediana edad y vestía una bata azul cielo propia de inquilino de hospital. Mantenía la mirada baja mientras jugaba sin darse cuenta con el cordón deshilachado, como si fuera a recibir una riña por haber hecho algo malo. Detrás, la seguía un carro con una botella de aire medicinal y un regulador electrónico que, a través de un fino tubo, enviaba aire hasta su nariz.

Cogió aire y continuó.

—Quería decirle que estoy muy apenada por la situación. Su desgracia me ha proporcionado la posibilidad de recibir el pulmón que ambos esperábamos con anhelo. Aunque por un lado estoy feliz, por otro pienso en usted y quiero que sepa que dentro de mi hay un sentimiento de culpa que no logro hacer desaparecer. Solo quería que lo supiera.

—¡Muy bien, pues ya lo sé, ahora déjeme tranquilo, no tengo humor para hablar con nadie! —María pestañeó asustada y pensó que no había sido buena idea venir a verlo.

—Le comprendo perfectamente, que tenga buenos días —dijo ella saliendo con su carro de la habitación.

—Adiós —murmuró Pedro apretando los dientes—, si por lo menos hubiese ido a parar a alguien con dos cojones y no a la mojigata esta.

—Don Pedro —escuchó de nuevo.

Esta vez, la voz le proporcionó cierta alegría, era Fernando, su abogado de confianza.

—Fernando, amigo, te esperaba con impaciencia.

Se acercó a su lado un joven, bien vestido y de aspecto avispado y frio que haría las delicias de cualquier escritor de novela negra.

Los angustiosos gemidos de su garganta aumentaron con la emoción, ese chico era la solución de todos sus problemas.

—He perdido el pulmón, se lo van a dar a una idiota, ¡maldita sea!

—Es terrible, ¿cómo se ha contagiado? ¿Qué virus es ese?

—Hijo, ya te darás cuenta con los años —dijo con un susurro esta vez—, cuando no saben lo que es, lo llaman virus. En los negocios pasa igual, decimos crisis, volatilidad, esas cosas.

—Estamos todos muy contrariados.

—Fernando, no te preocupes, voy a estar dos semanas con curas, pero estamos de suerte —acabó con un hilo de voz.

—¿Suerte? Yo no la veo por ningún sitio.

—Joder, escucha, el pulmón está cerca, aunque yo no lo tenga. Esa mujer estará unos meses ingresada.

—Sigo sin entender.

Don pedro cogió aire para explicarlo todo sin que se le fuera la voz.

—Llama al Doctor Carrasco, que prepare un quirófano en mi casa. El pulmón me lo guardará esa tonta hasta que me lo devuelva. Se lo quitaremos y me lo pondrán a mí.

—Eso es una locura… es perfecto, pero sigue siendo una locura.

—¡Mueve dinero!, ya sabes cómo.

Esta última frase fue difícil de entender, los pitidos de su garganta sonaban ya muy fuertes.

—Señor Pedro, ¿Puede aguantar un órgano dos trasplantes en tan poco tiempo?

—¡Aguantará!

 

La operación de María fue un éxito.

Una semana después descansaba en la habitación. Y quince días más tarde ya pudo recibir visitas. Era muy querida en la universidad, por lo que muchos compañeros maestros y alumnos la visitaron y saludaron a través del cristal. Este, la protegía de peligrosas infecciones y que en ese momento debía evitar. Lloraba con cada una de las personas que veía, deseaba volver a abrazarlos a todos, en especial a sus padres, que ya mayores, necesitaban de su ayuda.

A medida que se iba recuperando los tubos y respiradores desaparecieron de su alrededor. Su nuevo órgano trabajaba a buen ritmo.

Esa noche le costó dormirse, pensaba en Don Pedro, no podía evitar los remordimientos, le quitaban el sueño. El hombre no tuvo ninguna culpa, solo que le tocó a él. Finalmente, decidió pensar en otra cosa y le fue bien ya que en pocos minutos se durmió.

A media noche alguien entró en la habitación.

Una sombra vestida de negro y con pasamontañas se situó a su lado sin hacer ruido. Abrió una pequeña botella y la colocó en la nariz de María. Poco a poco su respiración se relajó. Ahora estaba completamente anestesiada, no se enteraría de nada.

El carnicero apartó las sabanas y le abrió la bata. Entonces fue cuando vinieron sus dudas. La cicatriz que cruzaba el pecho estaba justo en la mitad, no sabía con seguridad cual era el pulmón trasplantado. Debería llevarse los dos.

Había recibido clases de un experto cirujano, donde tenía que abrir, pinzar y como guardar correctamente el órgano para evitar su deterioro. Pero no le informaron de cómo identificar el pulmón correcto.

Decidió poner manos a la obra de todas maneras, sus honorarios le animaban a continuar. Abrió un maletín y sacó el instrumental necesario. Observó de nuevo la cicatriz y se acercó para empezar. Apoyó el bisturí en la piel pero la vibración de su móvil le hizo retroceder. Suspiró molesto, debió haberlo dejarlo en el coche. De nuevo vibró y sabiendo que así no podía trabajar con calma, dejó el bisturí en el maletín y leyó el mensaje.

   Don Pedro a muerto, cambio de planes.

Adiós a mucho dinero pensó. Por lo menos había cobrado la mitad por adelantado. Resopló, en el fondo aliviado, y tapó de nuevo a María. Después cogió el maletín y salió en silencio para no volver más.

A media mañana, la paciente se despertó con nauseas y un terrible dolor de cabeza que desapareció en pocas horas.

Unos días más tarde se enteró que Don Pedro había muerto de un derrame cerebral, lo que aumentó un más si cabía su pena. Lloró una tarde entera y solo pudo calmarse cuando sus padres la vinieron a visitar de nuevo.

Tres meses después recibió el alta.

Antes de llegar a casa se acercó a la universidad, quería saludar a todo el mundo y de paso hacer una consulta a su colega.

—Rosa, ¿cómo estás?—dijo María al entrar en el laboratorio.

—¡Cariño, que alegría me da verte! —respondió fundiéndose en un abrazo— Eso te lo tengo que preguntar yo a ti, aunque veo que tienes muy buena cara, tan preciosa como siempre.

—Te he echado mucho de menos —dijo María con una dulce sonrisa.

—¿Cuándo vuelves?

—Pues en unos días, tengo que hacer un poco de rehabilitación, pero no tardaré mucho.

—No tardes nada —dijo Rosa mirando tras de sí—, la becaria es un desastre, la voy a devolver ya mismo.

María sonrió y la abrazó de nuevo.

—Por cierto, quiero preguntarte algo.

—Dime corazón, tanto tiempo fuera debes de estar deseando escuchar cotilleos.

—Bueno, es de trabajo. Escucha, la cepa vírica que estábamos estudiando, no sé si te acordarás, la Vr 223, ¿Has visto daños importantes en los seguimientos de los huéspedes? No recuerdo más que un poco de fiebre.

—Vaya, pues sí que vuelves con ganas.

—Rosa, es importante.

—Pues vimos mejoría en quince días, pero la mitad murieron más tarde por derrames cerebrales. Un desastre. El proyecto se ha cancelado.

María se tapó la cara con las manos y lloró desconsolada.

—Chica, no te lo tomes así, ya sé que era importante para ti. Míralo por el lado bueno, al fin y al cabo, solo han muerto ratas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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