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Luisa, se levantó muy nerviosa esa mañana. El ardor de estómago y la angustia le habían hecho visitar el baño varias veces durante la noche.

 El escozor de su garganta no se calmaba con nada y aún menos el dolor de sus convulsionadas abdominales.

No se podía creer que después 30 años intentando cerrar una cicatriz sin sutura ni desinfectante, solo utilizando su receta de olvido, esta hubiera vuelto a sangrar de un día para otro.

Su marido murió hace más de tres años. Desde entonces, su hija y su nieta ocupaban gran parte de su vida. Sin embargo, cinco minutos diarios los dedicaba a otra persona; un pequeño ser al que casi no vio, no escuchó llorar y aún menos acarició su piel. El bebé salió de su vientre para desaparecer. El Doctor Ignacio Mendoza le dijo que había nacido sin vida, cosa que ella nunca creyó. Lo notó vivo en su vientre y vivo lo trajo al mundo, pero no tuvo fuerzas para quitárselo a la enfermera, su agotado cuerpo no respondió. La llorosa mirada de la joven mamá siguió al bulto envuelto en una toalla. Fue entonces cuando vio uno de sus ojitos abiertos, duró un segundo o menos, quizá solo un parpadeo.

Ese día le dijo adiós en silencio, un silencio igual al que había en su habitación cuando apagaba la luz de la mesita de noche, esos 5 minutos entre la realidad y el sueño se los dedicaba a él. Le deseaba una buena vida y felicidad.

El doctor Mendoza acababa de morir y lo iban a enterrar en unas horas. Luisa iba a asistir. En principio no supo muy bien para qué, nunca le pidió explicaciones y ahora tampoco las iba a tener. Quizás despedir al hombre que tuvo a su hijo en  brazos era como estar cerca del pequeño, pensó que sería maravilloso si pudiera oler sus manos antes de ser enterrado. Seguro que a pesar de tantos años, aun mantendrían atrapado el olor dulce y delicado del pequeño. Esa sería su misión.

Se vistió de riguroso luto para no llamar la atención, solo así podría acercarse a su ataúd. Llorosa y apesadumbrada cogería una de sus manos y aspiraría los aromas que con seguridad  le resultarían familiares. Después ya lo podrían sepultar o incinerar lentamente, ella ya tendría lo que ansiaba.

Al llegar a la iglesia se llevó una sorpresa, habían muchas personas para dar el último adiós. Era difícil caminar y a pocos metros de la entrada no se podía avanzar más. Los cuerpos sudorosos y los alientos saturados de tranquilizantes revelaban que no todo el mundo estaba allí para despedir al difunto, sino para asegurarse de que no volvería a la vida nunca más.

Luisa, intentaba apartar a la gente con las manos, pero todo el mundo quería entrar y nadie cedía su sitio. Sollozaba desesperada, pronto se llevarían el cuerpo y con él, parte del alma de su hijo.

Un codazo en la cara le hizo tambalearse dolorida, era demasiado para ella, por lo que con una mano en su mejilla hinchada y abriéndose paso con la otra, se alejó hasta un parque cercano. Allí vio un banco vacío y se sentó para recuperar el aliento.

Después de unos minutos logró calmarse. Se sentía cobarde, cuando el doctor estaba vivo le faltó valor para preguntarle la verdad y ahora ahí estaba ella, pasando un mal rato en honor a un ser despreciable.

Cuando miró a su alrededor vio expresiones parecidas a la suya. Eran todas mujeres, mayores o más jóvenes que ella. No conocía a ninguna pero le recordaban a ella misma, ojos hundidos, labios temblorosos y hombros caídos.

Unas estaban sentadas en el suelo, otras, sin embargo, llevaban sus propias sillas. La señora que estaba sentada en el banco contiguo jugaba con un trapo que de vez en cuando acercaba a su nariz y hacía relajar su semblante.

—Han venido muchas, hemos tenido suerte— se escuchó.

Luisa se giró y vio sentado a su lado a un hombre 20 años más joven que ella.

—¿Quién es usted?

—Ha valido la pena el riesgo.

—Señor, no entiendo muy bien, perdóneme, son momentos duros para mí.

—¿Lo conocía?— preguntó aquel extraño con interés.

—Sí, por desgracia —respondió Luisa sin mirarle a la cara—, me quitó lo que más quería y ahora que ha salido todo a la luz ha muerto, llevándose secretos que nunca volverán.

—Nosotros también lo intentamos, pero no nos dijo nada.

—¿Quiénes son ustedes?

—Somos niños robados.

Luisa se giró asustada y miró a aquel hombre a los ojos. Entre lágrimas acarició su cara buscando un gesto o un guiño que le dijera que ese era su hijo. Pero no fue así, con un sabor agridulce y secándose las lágrimas con el antebrazo, quiso saber más cosas.

—¿Cuántos sois?

—Mire a su alrededor y se dará cuenta.

Todas las madres allí presentes estaban acompañadas por un hombre o una mujer. Unas sonreían, otras abrazaban a su visitante. Incluso, la señora que acariciaba el viejo trapo lloraba mientras escuchaba hablar a un joven.

—Estamos recogiendo información y poco a poco van apareciendo más nombres, si no le importa tomaré su teléfono y en breve la llamaremos para un ensayo médico, necesitamos pruebas de ADN de madres e hijos. Tenemos previsto un encuentro multitudinario para más adelante y cuento con usted. Cuídese mientras tanto.

—Allí estaré, por favor, no pierdas mi número.

—No se preocupe.

El misterioso hombre se levantó y dio unos pasos alejándose de Luisa.

—¿Cómo sabíais que vendríamos tantas madres?

Se giró y abrochándose la americana dijo casi susurrando.

—Era una corazonada, el comportamiento humano a veces es maravilloso.

La mujer lo miró a los ojos y sospechó lo que había pasado en realidad.

—¿Cómo ha muerto el Dr. Mendoza?¿Habéis sido vosotros?

—No piense en eso ahora, lo más importante es que ha valido la pena.

Aquel hombre desapareció entre los árboles. Luisa miró fijamente a la espesura hasta que las lágrimas le hicieron desistir. Se tapó la cara con las manos y dejó ir la ansiedad y el miedo. Por un momento se sintió libre de culpa y quizás incluso feliz.

Dos años más tarde se encontraba en la recepción de un hotel, su hija y nieta la cogían de las manos. El temblor de las piernas, al igual que el de su barbilla, eran difíciles de disimular.

—Pasen a la sala, por favor— les invitó la chica que salió a recibirles.

Luisa se soltó de sus acompañantes y entró en el gran salón. Cientos de personas hablaban o reían en su interior. Sin embargo, no le preocupaba que hubiera tanta gente, sabía cómo encontrar a su hijo.

Su olor dulce y delicado sería inconfundible.

 

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