Suspiró profundamente y guardó dos cubiertos más en el cajón de la cocina.

La gripe se llevó sin compasión a los ancianos más débiles. Durante esa noche, la señora María y el señor Domingo dijeron adiós para siempre. Aunque quería llorar no debía hacerlo, tragaba lágrimas saladas mientras se maquillaba los pómulos con el colorete.

Se ató el delantal y miró por la ventana. La lluvia había borrado las huellas de la ambulancia.

Era hora de dar los buenos días. Apretó sus manos temblorosas y salió al comedor.

Todos la esperaban sonrientes.

Ella también sonrió y se puso a trabajar.

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